Por Roque Iturralde

Nos suele suceder que vivimos en una ciudad en la que jamás nos vemos.  La ciudad está ahí, la vemos, marchamos sobre sus calles duras, nos dejamos aplastar de su sol inclemente o  nos protegemos de sus imprudentes lluvias bajo aleros que ignoramos centenarios.  

Ahí la vemos.  Ahí está esa ciudad.

Pero, ¿nos vemos alguna vez insertos en esa ciudad?  ¿Cada cuánto tiempo nos tomamos una foto que nos ubique, bajo su sol inclemente o bajo su alero centenario? ¿Cuándo nos decimos, ahí estoy yo, ahí en mi ciudad?

Imaginemos una explanada, digamos en un boulevard tradicional de la ciudad.  Imaginemos que unos zócalos sencillos sostienen unos espejos, en distintos sitios distribuidos por el parque; unos delgados, suficientes para reflejar una persona de cuerpo entero.  Otros más anchos, capaces de reflejar un grupo.  Otros inclinados ligeramente hacia el piso, otros hacia el cielo. 

Imaginemos la gente pasar por esa explanada y encontrarse con esa disponibilidad de azogue que invita a reflejarse, a verse.

Imaginemos que alguien se para frente a un espejo y, por primera vez, se ve a sí mismo en el entorno de su cotidianidad.  Tras de su imagen, una hilera de fachadas republicanas bajo sus aleros añosos.  O el desorden de una calle en la que buses y carros privados pugnan por ganarse un medio metro de avance en medio del caos.  O la imagen de un choro que arrancha en un segundo los aretes de una mujer.  O la montaña descomunal que nos vigila diariamente.  O la marea de tejados, unos bellos otros no, que rueda hacia la quebrada.  O un cielo amenazante, gris, que anuncia desplomes catastróficos.  O unos niños que pasan para la escuela, muertos de frío.  O un vendedor de ponche, un albañil buscando trabajo,  una beata atrasándose a la tercera misa del día…

Mañana un espejo amanece roto.  

Sus fisuras son como un disparo sobre el rostro que se mira.  Ese que se mira, vive en el impacto de una piedra.  O aparece lleno de grafitis.  Esa señora que decidió parar y mirarse en el espejo, se convierte ahora en muro lleno de expresiones que se irán con ella.  Mañana un espejo ha desaparecido, o está sucio, o cagado de un pájaro. 

Así somos.  Como nos reflejamos. Tal vez debemos por un momento sacar los espejos de la intimidad de las peinadoras, los armarios y los baños, y obligarlos a reflejarnos en ese allá afuera en el que nunca nos vemos, pero por el que siempre pasamos.

2 Comentarios

  1. Alfredo Ríos Vega

    Muy cierto, solo vemos al prójimo y no a uno mismo inmerso en el mundo exterior.

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  2. Santiago Leon

    Sorpresivamente soy el primero en comentar…y desde el parque de los pensamientos te saludo. Iré pronto por el terruño, solo unos días, tomaremos una taza de café para vernos frente a ese espejo del tiempo. Haces bien en promover lo positivo y vivir creando. Tu amigo Santiago. Tienes mi correo ya … comunícate

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