Pasé una tarde a visitar a Diego Araujo Sánchez  en la serenidad de su biblioteca-apartamento, en el afán de mostrarle unos textos que me queman en las carpetas y oír su opinión sobre la pertinencia de publicarlos.
Diego es, probablemente, una de las personas que más ha influido en la formación de lectores, amantes de las letras y escritores.  Profesor secundario y universitario, tenía una forma de emocionarse con los textos que leía en voz alta a sus alumnos, que hasta aquellos con las neuronas de la adolescencia más disparatadas hacíamos una pausa para oírle leer.  Para que nos lea.  Borges. Dostoyewsky.  De la Cuadra.  Alejandro Casona.  Cortázar…   No importaba qué.  Cualquier lectura se volvía un universo, un océano por navegar, un espacio de singularísima claridad, un lugar donde estar a gusto.
Formado originalmente en las ciencias del derecho, Diego dedicó su vida a las letras y en especial a la enseñanza de la literatura.  Hoy habita un apartamento lleno de su personalidad, en el que no hay paredes, todos los ambientes están señalados (que no divididos) por libreros de madera, llenos de décadas de lecturas.

El café al que me invita huele a amistad, sabe a nostalgias de conversaciones y libros comentados, a antiguos talleres de literatura y clases fascinantes en las aulas universitarias.   No puedo dejar de preguntarle, ¿para cuándo una novela Diego?  Formador de tantos escritores, Diego siempre tuvo para sus propios textos un gesto y  un juicio a la vez severo y humilde.  Mientras otros nos aventuramos con nuestros primeros versos, Diego ha madurado largamente su pluma en el ejercicio de la docencia y del periodismo.  Su libro de análisis literario “A Contravía”,  le saca, por primera vez, de la columna, la crónica o el prólogo y le lleva a este mundo tan raro del libro de autor.

Pero ahora mi pregunta recibe una respuesta luminosa.   Diego está a punto de finalizar su novela.  La tiene ya prácticamente en el horno.   “Los nombre ocultos” se llama su obra.  Me cuenta unas cuantas cosas sobre su contenido, sobre cómo lo escribió, sobre los descubrimientos que sucedieron durante su redacción.
No quiero que me cuente más, quiero leer su libro.  Siento en su voz otra vez la emoción que nos transmitió por allá en los años setentas a unos imberbes soñadores como Galo Galarza,  Luis Zúñiga, otros tantos, entre ellos yo, cada vez que abría un libro en clase y, caminando entre las filas de pupitres, se dejaba embarcar en la narración y, con él, nos embarcaba a todos.   No, no quiero que me cuente más, ya estoy subido en ese viejo automóvil que viajaría quizá hasta Ambato o Riobamba por la noche,  con un fiel chofer que guardaría los secretos (¿los guardaría) de arrebatos, conspiraciones y romances.  Ya estoy.

No quiero que me cuente más, quiero que llegue el día de verlo salir de las arregladas cajas de la imprenta, con su traje de solapas y el perfume de la tinta nueva.  Quiero leerlo, porque me da la impresión (parafraseando a José Luis Sampedro) que Diego no es de los que escriben sobre lo que viven, sino de quienes viven lo que escriben.
Felicidades Diego por tu libro. Gracias Diego por tu libro.

Por: Roque Iturralde

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