Por: Roque Iturralde

Se inventaron la computadora.  Era, he oído decir, una máquina gigante que ocupaba pisos completos con sus mecanismos, tubos de vacío, cables, lucecitas, circuitos…. ¿Cómo habrá sido?  Hacía la magia de realizar algunas operaciones, tomándose para ello tanto tiempo que hoy parecería intolerable y, en lugar de darnos los resultados en una pantallita, lo hacían en tarjetas perforadas que son ya piezas arqueológicas de la tecnología.

Imaginen si la pandemia se presentaba en esos años, entre los 40 y los 50 del siglo XX, y si cada estudiante necesitaba una de esas máquinas para poder cumplir sus compromisos escolares.  Seguramente la monografía de grado de un bachiller tomaría varios años en producirse y otros tantos en decodificarse, y la entrega, en lugar de un anillado, se haría probablemente en una camioneta llena de tarjetas perforadas.  Esto, además, resultaría inviable dado el obligatorio distanciamiento social impuesto.

Pero en apenas medio siglo, años más o años menos, la tecnología electrónica para la información y la comunicación ha cambiado tanto, que en un aparatito que cabe en la palma de una mano, se encuentran reunidas y disponibles al instante, todas las bibliotecas del mundo, los experimentos científicos, las opiniones académicas, incluso los trabajos de bachillerato de otros estudiantes a los que plagiar está solo a la distancia de un click.

2020, 2021, 2022.  Vemos que la eterna lucha por conseguir la universalización de educación en el país, la que antes exigía construir escuelas, diseñar medios de transporte, aproximar la infraestructura a la población más alejada, formar maestros que pudieran ocuparse de la tarea educativa en sus propios territorios, ante la imposición del confinamiento, nos deja ver con claridad que el acceso, ahora, es un privilegio de quienes tienen una Tablet, o un teléfono inteligente y una conexión medianamente buena a internet.  Es decir que, en teoría, colocar señal de internet y entregar una Tablet a cada niña, niño, joven en edad escolar, garantizaría el acceso universal tan buscado a la educación y costaría mucho menos que el esfuerzo basado en la infraestructura.

Esto, claro, en teoría.  Porque el acceso a internet es un privilegio.  Porque la tenencia de equipos adecuados es un privilegio.  Porque el sistema educativo diseñado para la educación virtual, también es un privilegio.  Además, porque, aunque fuera posible el milagro de colocar internet y tablets en manos de los educandos de un día para otro, jamás se podrá reemplazar el más formativo de los ejercicios que cotidianamente sucede en el mundo de la escuela:  el encuentro cotidiano con los otros, con los pares, con el descubrimiento y el deslumbramiento de crecer juntos.

De modo que, sin satanizar la tecnología, aprovechando de ella toda su maravillosa oferta de tantas posibilidades que casi le vuelven comparable a un libro, el empeño es por volver a encontrarnos, por hacer de la posibilidad de verse a los ojos sin el filtro de una pantalla de alta resolución una verdadera fiesta del aprendizaje y del crecimiento.

Por: Komité

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