Un chaparrón de esos pocas veces visto cayó sobre el Jardín Botánico de Quito, hace ya cuatro años, cuando se inauguró la primera versión del Bosque de Luz.  La experiencia fue realmente mágica, única. Esa combinación de naturaleza exultante, sombra/luz, música y agua dio como resultado un encuentro inesperado, lleno de asombro y quedó grabado en la memoria.

“La luz es como el agua”, reza el título de un cuento del Gabo, sin duda una de las piezas más luminosas de la narrativa breve de nuestros tiempos, y esa frase ha rondado todo el tiempo el proceso creativo de diseño de la nueva experiencia (2.0) del Bosque de Luz.

Es que uno puede sentirse como un ser de agua, cuando entra y se halla con un humedal poblado de color, de luz y de bandurrias gigantes. O sentirse como átomo de luz, cuando se deja absorber por un túnel que es a la vez un río, un acueducto, un deslumbramiento.  

Son muchos los encuentros que se provocarán en esta edición del Bosque de Luz.  Pensamos en cada una de ellas como un reto a la imaginación, a la creatividad, a cierta capacidad de ilusionarse y proyectarse en un árbol/neón, o en una mariposa monarca que vuela desde la absurda y fascinante combinación de un capullo de luz, una ilustración y un código QR.

 Pero en todo el tiempo, a pesar de que lo pensamos durante un duro estiaje, bajo el radiante sol equinoccial de Quito, tuvimos presente el agua, su translúcida frescura, su sonido al caer, su vitalidad. 

Por ello, ahora, cada vez que entramos a este bosque en el Jardín Botánico, sentimos que esa luz nos moja, nos renueva, nos fascina.

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